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La idea que todos veían… y nadie pudo aprobar

  • Magda Álvarez
  • 22 ene
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 25 feb


Durante un par de semanas observé cómo un equipo de experiencia de en una empresa de salud mediana intentaba mejorar la forma en que atendían a sus usuarios.


El jefe del área llevaba meses insistiendo en algo muy concreto, abrir un canal de WhatsApp para agendar citas.


No era la primera vez que lo proponía.

Ya habían intentado un formulario Web que casi nadie usó.

También una línea improvisada que terminó saturada.


Pero esta vez la propuesta era distinta. Más simple. Más organizada. Construida sobre lo aprendido.


Y sobre todo, alineada con lo que los pacientes pedían todos los días.


La conversación


Cuando presentó la idea al gerente, la respuesta fue:


“Valoro que no te hayas rendido. Esta propuesta tiene más sentido. Está mejor pensada. Pero con la nueva estructura ya no puedo aprobar algo así directamente. Debe pasar por comité… y siendo realistas, no va a avanzar.”


Lo que realmente estaba pasando


No se trataba de que alguien quisiera frenar la idea.


El jefe de experiencia estaba convencido, porque había escuchado a los pacientes durante meses. Cada intento fallido le había dejado información útil. No insistía por capricho, insistía porque entendía mejor el problema.


El gerente, antes, podía autorizar este tipo de pruebas sin mayor trámite. Convertía esas conversaciones en pequeños experimentos.


Con la nueva junta, las decisiones empezaron a pasar por menos manos. Y quien hoy tiene la última palabra no se siente cómodo con lo digital; no es el terreno en el que construyó el crecimiento de la organización.


La iniciativa simplemente dejó de avanzar.


Era abrir una ventana más


No estaban lanzando un producto nuevo.

No estaban entrando a otro mercado.


Estaban intentando abrir una nueva ventana de contacto con el paciente.


Algo relativamente pequeño.

Con riesgo acotado.

Con alto potencial de aprendizaje.


Pero cuando quien escucha al cliente no tiene cómo hacer que la idea avance, y quien decide no está convencido de intentarlo, el aprendizaje se queda en el camino.


Y eso se acumula.


Lo que me quedó dando vueltas


He visto situaciones parecidas en otros sectores. Personas que insisten porque están cerca del cliente, líderes que antes podían dar luz verde a una idea y hoy ya no tienen ese margen, y decisiones que se trasladan a otros niveles donde probar algo nuevo deja de ser prioridad.


A veces me pregunto cuántas ideas concretas no avanzan porque el aprendizaje está en un lugar y la decisión en otro.


No es un problema de talento.

Tampoco necesariamente de presupuesto.


Es un asunto de cómo se conectan las conversaciones con las decisiones.


La innovación sostenible no depende solo de tener buenas ideas.

Depende de que exista un camino claro para probarlas.


Si en tu organización hay iniciativas que se repiten, se ajustan y vuelven a intentarse sin lograr avanzar, quizá la pregunta no sea si la idea es buena o mala.


Tal vez la pregunta sea otra:

¿Quién puede convertir lo que se aprende en acción?

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