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¿Cuándo una señal empieza a decirnos algo sobre una transformación?

Magda Álvarez
20 ago
5 min de lectura

Actualizado: 29 sept


En una organización siempre están ocurriendo cosas. Una conversación cambia de tono, un equipo empieza a hacer algo de una manera diferente, una decisión que antes parecía sencilla comienza a generar más preguntas o un resultado se mueve ligeramente. Alguien incluso puede mencionar algo que, en principio, parece menor. La mayoría de estas situaciones no se convierten en una noticia y, de hecho, no tendrían por qué hacerlo. Una organización no puede prestar atención a todo lo que ocurre dentro de ella.


Sin embargo, algunas situaciones empiezan a llamar nuestra atención. No necesariamente porque sean grandes, ni porque constituyan un problema evidente, sino porque vuelven a aparecer, aparecen en otro lugar o empiezan a relacionarse con algo más que también habíamos observado. Es entonces cuando una situación que inicialmente parecía anecdótica puede empezar a adquirir otro significado. Y ahí aparece una pregunta que no es tan sencilla como parece: ¿estamos simplemente observando algo que ocurrió o estamos empezando a ver una señal?


No todo lo que ocurre es una señal


En las organizaciones estamos acostumbrados a buscar aquello que merece atención a partir de resultados, desviaciones o situaciones que ya adquirieron suficiente visibilidad. Es lógico, necesitamos saber qué está ocurriendo, identificar aquello que se aparta de lo esperado y concentrar nuestra atención donde puede existir un problema o una oportunidad.


Pero no todo lo que merece ser comprendido llega inicialmente con ese nivel de claridad. Hay situaciones que todavía no tienen el tamaño suficiente para aparecer como un problema, que no producen una desviación relevante en un indicador o que todavía no pueden explicarse con precisión. Pueden ser conversaciones que empiezan a repetirse, comportamientos que aparecen de manera diferente a lo habitual o pequeñas variaciones cuya importancia todavía no conocemos. Que todavía no sepamos qué significan no quiere decir que no puedan ser relevantes.


El reto está precisamente ahí, distinguir entre algo que simplemente ocurrió y algo que podría estar empezando a decirnos algo. Y esa distinción no siempre puede hacerse mirando el hecho de manera aislada.


Una observación empieza a adquirir significado cuando la ponemos en relación


Una observación, por sí sola, nos dice que algo ocurrió. Pero el significado que atribuimos a esa observación depende también del contexto en el que aparece y de su relación con otras cosas que estamos observando.


Una conversación difícil puede ser simplemente una conversación difícil. Puede responder a una situación puntual, a una diferencia entre dos personas o a un momento específico del trabajo. Pero si una inquietud parecida aparece en otro equipo, si vuelve a surgir semanas después o si empieza a coincidir con otros cambios que ya habíamos observado, nuestra lectura puede cambiar. La situación original no se modificó; lo que cambió fue nuestra capacidad para relacionarla con algo más.


Esto ayuda a entender por qué una señal no necesariamente aparece como tal desde el comienzo. Puede empezar siendo una observación cuyo significado todavía no conocemos. Solo cuando conseguimos ponerla en relación con su contexto, con otras observaciones o con aquello que esperábamos que ocurriera, empieza a adquirir un peso diferente dentro de nuestra comprensión de lo que está pasando.


Y ese matiz es importante. Que algo empiece a funcionar para nosotros como una señal no significa que sepamos todavía qué hacer con ello. Significa, antes que nada, que aquello merece una atención distinta de la que tendría un hecho completamente aislado.


Repetir no siempre significa importar


La repetición puede ser relevante, pero no funciona como una regla automática. Que algo ocurra varias veces no nos dice por sí solo qué significa. Puede tratarse de una coincidencia, de una condición puntual que se mantiene durante un tiempo o de algo que efectivamente está empezando a revelar una dinámica más profunda. La diferencia no está solamente en cuántas veces ocurre, sino en lo que empezamos a comprender cuando relacionamos esas ocurrencias.


Imaginemos, por ejemplo, que durante una transformación varios equipos

empiezan a expresar dudas similares sobre una nueva forma de trabajar. La primera conversación puede parecer una inquietud particular de un equipo. Una segunda conversación no demuestra todavía que exista un fenómeno organizacional. Pero cuando esas observaciones empiezan a aparecer en contextos diferentes, persisten más allá del momento inicial o incluso contradicen aquello que esperábamos encontrar, nuestra interpretación puede cambiar. Ya no estamos mirando únicamente conversaciones individuales; estamos tratando de comprender qué relación puede existir entre ellas.


Por eso, el objetivo no es acumular coincidencias hasta alcanzar un número determinado. Es construir una comprensión suficientemente buena de lo que podría estar ocurriendo. La señal no aparece porque hayamos completado una lista de condiciones; empieza a adquirir relevancia cuando las observaciones, al ser relacionadas, nos permiten ver algo que antes no podíamos ver.


Antes de decidir, necesitamos interpretar


Aquí aparece una diferencia importante entre observar e interpretar. La literatura sobre Sensemaking organizacional estudia precisamente cómo las personas y las organizaciones construyen interpretaciones frente a situaciones ambiguas o equívocas, prestando atención a elementos que adquieren relevancia dentro de ese proceso. En otras palabras, entre aquello que observamos y la comprensión que construimos sobre lo que está ocurriendo existe un trabajo que no podemos reducir simplemente a recoger más información.


Esto tiene una implicación importante para la vida organizacional. Cuando algo llama nuestra atención, podemos intentar actuar inmediatamente sobre ello. Pero también podemos detenernos a comprender por qué está llamando nuestra atención, qué relación tiene con otras cosas que están ocurriendo y qué explicación resulta razonable a partir de lo que sabemos hasta ese momento. Esa pausa no significa paralizar la decisión ni esperar una certeza imposible. Significa reconocer que observar algo y comprenderlo son actividades diferentes.


Una manera sencilla de ordenar esta conversación sería pensar que primero observamos, después relacionamos aquello que vemos con su contexto y con otras observaciones, y solo entonces empezamos a interpretar qué podría estar ocurriendo:



No es un método ni una secuencia rígida. Es simplemente una forma de recordar que entre ver algo y comprenderlo existe un trabajo de interpretación. Si saltamos directamente de la observación a la decisión, corremos el riesgo de reaccionar ante algo cuyo significado todavía no comprendemos. Y si esperamos a comprenderlo todo antes de actuar, probablemente estaremos pidiendo a la organización un nivel de certeza que la realidad rara vez ofrece.


Lo que necesitamos es otra cosa, desarrollar la capacidad de reconocer cuándo una observación merece una mirada más profunda y construir, con la información disponible, una interpretación suficientemente buena para decidir si vale la pena seguir observándola.


Cuando una observación empieza a decirnos algo


Tal vez uno de los trabajos más difíciles dentro de una organización sea precisamente ese, darse cuenta de que algo está empezando a ocurrir antes de que se convierta en un problema evidente. No todas las observaciones tendrán importancia. No todas se convertirán en señales. Y no todas las señales conducirán a una decisión. Pero aprender a relacionar aquello que vemos puede cambiar la calidad de las preguntas que hacemos y, con ello, la oportunidad con la que empezamos a comprender una situación.


Una organización que desarrolla esa mirada no necesariamente tiene más información. Tiene una manera diferente de relacionarla. Puede empezar a prestar atención a aquello que todavía no tiene una explicación completa, sin convertir cada anomalía en un problema ni cada coincidencia en una conclusión. Puede reconocer que algunas cosas necesitan simplemente ser observadas durante un tiempo, mientras otras empiezan a adquirir suficiente relevancia como para abrir una conversación.


Tal vez ahí empieza una capacidad diferente: darse cuenta de que algo está ocurriendo antes de saber todavía exactamente qué es.


Pero ¿qué pasa cuando ya no aparece una señal aislada, sino muchas señales, movimientos y tensiones al mismo tiempo?

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